9 nov 2010

¡Maldito seas!



Basado en un hecho real y reciente.

Se quedo detenidamente observándose, la luz se impregnaba en el espejo, luz blanca que con el reflejo le hacía cerrar la vista por momentos, los volvía a abrir para contemplarse, le gustaba verse, era joven, con un cuerpo simétrico, se volvía a ver y sonreía de ella misma, lo sabía, era linda.

Era un aproximado a las once, la bulla era mínima, a ella le tranquilizaba la noche, como si el mundo se introdujera en un manto negro, guardando luto, acallando sus vertidos sonidos, haciendo de la noche silenciosa un pésame de paz. Por momentos se escuchaba un acelerar distante, rara vez un refrenar brusco, nada de claxon irritantes a la vida, ¿quién lo hace entender al hombre en su crispar por acelerar?, sin embargo, no veía la hora de subirse en uno de esos taxis, verse reflejada en el ventanal y sacarse nuevamente una sonrisa; no por eso deseaba el avanzar del minutero, era él, mañana lo volvería a ver, no solo sentir su ronca voz como hace minutos, era gruesa, por momentos grotesca, se atragantaba a ratos, pero el amor era más fuerte que su hablar, se amaban y hasta por momentos a ella le parecía sensual su voz, le gustaba escucharlo pero más acariciarlo, sentir sus brazos, su protección, por eso no veía la hora de subir a un taxi para verlo de cerca y darse cuenta que había un gusto mayor al de contemplarse en el espejo, era él.

La puerta se abrió lentamente, apareció una figura degenerativa, cabellera rubia, tez blanca, ojos verdes y el contraste, mirada rencorosa, enfermiza, colérica, propia de un ser maldito; ella se quedo inmóvil, asombrada, perturbada, el maldito se acerco, la sujeto de los brazos, la lanzo contra el espejo y se escucho el quebrar de su rostro, de su cuerpo y el manchar rojo de su alma.

Se vio sujetada cuando volvió en sí, le punzaba la piel, los pedazos de vidrios le resquebrajaban la carne, percibía el dolor latente en su cuerpo, quería movilizarse, desplegar sus dedos en su rostro, en sus brazos, acariciarse los pechos, tocarse el vientre, una fuerza lo impedía, al punto de no sentir sus manos, sus pies, estaba sujetada en el camastro, sintiendo el estirar de sus extremidades.

Lloraba de miedo, desesperación, dolor, ¿Quién eres? ¿Por qué me haces esto?, quería decírselo, el esparadrapo se lo impedía, silenciaba su sufrir, su queja, su reclamo, y en el fondo, quería implorar piedad, misericordia, perdón.

El maldito agarro pedazos de vidrio, se acerco a una de sus manos, blancas, suaves, pequeñas, e introdujo pedazo por pedazo a cada yema, con tirana fuerza, dedo por dedo, lento, despacio, como si tuviera toda la noche por delante, ¡ya no más por favor! ¡Te lo pido! ¡No más! ¡Ya no más!, el maldito apenas escuchaba unos confusos ruidos de la boca delineante, de esos labios pequeños y rosados, de esa boquita bonita de niña; el maldito se reía, gozaba viendo la cara mojada de lagrimas, el rostro que se partía de dolor, esa mirada de sufrimiento pidiendo clemencia, el maldito veía como su badajo se endurecía de placer, su aliento excitado se percibía en el ambiente ¡era un maldito enfermo!

Ella en su agonía percibió un ruido, ¿mi madre? ¿Mi hermana? ¿Qué era de ellas? No, no solo era uno el maldito, eran más, ¿Qué les estarían haciendo? ¡Papá! ¿Dónde estás? Me gustaría que estuvieras aquí, ¡papá!; sintió una penetración en su muslo, un objeto metálico se introducía misericordiosamente hasta chocar con el húmero, el maldito tuvo que inclinarse para generar más potencia, era duro el hueso, le costó esfuerzo introducirlo; ella sentía resquebrajar sus entrañas, partir su alma, ¡basta por favor!

Volvió en sí otra vez, sus nervios estaban anestesiados, ya no sentía dolor, “al fin” escucho oír, era el maldito, seguía ahí, no se había ido, de pronto escucho una voz que decía ¡Steven! El maldito levanto la cabeza ¡Steven! Y desapareció de la habitación; ella percibió el amanecer, la luz, la esperanza, el calor de sus brazos, su ternura, ya todo acabaría –se dijo; soñaba con un vaso de agua que le refresquen los labios, quería su boca libre, aunque ya ni sentía ese trapo babeado de sus entrañas, deliraba con el agua cuando empezó a sentir un liquido sobre su piel, ¡por fin agua! –se dijo, llego a abrir los ojos y lo vio de nuevo a él, le cayó un liquido en su mirada que se la hizo arder, aún podía percibir el dolor.

Las llamas empezaron a carbonizar esa carne que perdía su simetría, su color, su belleza, ya nunca podría ser tomada en brazos; el maldito la vio por última vez, hervía de placer, caminó hasta la puerta, se deslizo por ella y la puerta se cerró lentamente, apaciblemente.





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